Los Convent. .. ¡perdón!, Las Cantinas Suprimidas 
¿Especulación inmobiliaria? ¿carencia de sensibilidad? ¿Desprecio par la cultura popular? ¿Vana política cultural por recuperar espacios con visión limitada? Ya sea una u otra la causa, o como dijera Janis Joplin: "Una combinación de los dos”; nos encontramos ante el funesto cierre real de una cantina histórica donde las necesidades espirituosas de un amplio publico nacional y extranjero fueron atendidas con esmero par mas de centuria y media: El Nivel.
Las cantinas, y El Nivel en particular, por su longevidad, son parte del escenario de sitios de arraigo universitario en el pasado y del entorno cultural, como lo fueron y han sido aún las librerías de viejo, las cafeterías, las imprentas.
En fin, hay toda una historia por narrar en relación con el patrimonio cultural del Centro Histórico de la Ciudad de México, pero nos centraremos en el cierre de pulperías, cantinas y bares por las implicaciones que esto tiene sobre la economía local y la vida social -psicológica incluso- donde se afecta no sólo el alma lúdica de los parroquianos sino el modus vivendi de un sector de la sociedad.
Duras épocas en que vivimos, la globalización acentúa cada vez más las diferencias sociales dando par cierta esta sentencia: "En un país que está lejos de ser igualitario, las cantinas son la institución más democrática. Cualquiera que pueda pagarse un trago (lo que limita estrictamente la población) es bienvenido.
La modernidad, el sino de los tiempos, ha transformado muchas conductas sociales y prueba de ello es que en estos últimos años hemos atestiguado el cierre de cantinas cargadas de emociones, recuerdos y vida cultural, como el caso de la cantina La Valenciana (fundada en 1884 y cerrada en diciembre de 2006), famosa, entre otras casas, por haber sido el set para la filmación del video de Héroes del Silencio, Enrique Bunbury, Infinito). Tristemente hemos vista engrosar la lista del patrimonio etílico perdido: la pulquería La Risa, los restaurants bar La Parroquia, El Meson del Castellano y ahora la mítica cantina El Nivel, ¡no es justo! Vale recordar que la cantina El Nivel ocupó el espacio correspondiente al edificio que perteneció, desde 1553, a la Real y Pontificia Universidad de México, en la confluencia de las calles de Moneda y Seminario, lugar que la caracterizó por ser "una especie de vigía, no sólo del Palacio Nacional sino de la vida pública y política de México durante varios siglos", en: Ávila, Álvaro. "El Nivel, tour para beberse el centro" en el diario Reforma. 23 de diciembre de 2003.
En ese sitio aún se observa, empotrado en la pared, el añejo escudo pétreo situado arriba de la entrada de la antigua cantina, donde se lee en un claro latín que ese fue el sitio donde estuvo la referida Real y Pontificia Universidad, creada por orden del emperador Carlos IV; dando cumplimiento a la real cédula emitida por el virrey don Antonio de Mendoza.
Enfrente del recinto universitario, antes resguardo de la cantina El Nivel, se observa el costado norte de Palacio Nacional, por lo que en una época tuvo como vecino al presidente don Benito Juárez quien vivía enfrente, en el primer piso, y desde cuya habitación podía mirar la cantina.
No hay constancia sin embargo que el presidente Benito Juárez asistiese a El Nivel en alguna ocasión, y a decir de Jorge Lazo de la Vega, incluso la mandó cerrar, hasta que Sebastian Lerdo de Tejada en 1872, ordenó reabrirla, según se lee en: Luis Felipe de la Piedra y Matute en su obra “Te invito a... la Cantina". [México, DF: edición del Autor. Primera edición, 2002, página 158.]
Por cierto, bajo del Recinto de Juárez está la Biblioteca de Hacienda en Palacio Nacional desde donde se observa, por sus grandes ventanales, El Nivel y el edificio adosado del ex Arzobispado, otro inmueble vecino de está cantina donde en épocas prehispánicas estuvo el Teocalli de Tezcatlipoca y con la conquista llegó el ínclito San Juan Diego con la prueba irrefutable presentada ante el obispo Zumárraga: flores que, a su decir, le enviaba la Virgen del Tepeyac y que a fin de cuentas se estamparon en el hoy ayate guadalupano, según se cuenta.
Otros inmuebles famosos y vecinos allegados a El Nivel fueron el Museo de Antropología (hoy Museo de las Culturas) y la primigénea Escuela Nacional de Antropología e Historia, así como la Casa de la Primera Imprenta, hoy recinto resguardado por la Universidad Autónoma Metropolitana.
Esta cantina era famosa porque, cuando alguien preguntaba sobre la ubicación de la Catedral Metropolitana o el Palacio Nacional, la respuesta sin lugar a dudas era: "a un lado del Nivel", según comenta Armando Jiménez autor de "Lugares de Gozo, Retozo, Ahogo y Desahogo en la Ciudad de México” [editado por Océano, a la reportera de Reforma, Adriana Durán, el 14 junio de 2001].
La cantina El Nivel tuvo su licencia inaugural un Día de la Candelaria: 2 de febrero de 1855, contando así con la licencia número uno expedida por el ayuntamiento citadino una vez que se pagó el concepto de contribución. Esa licencia era exhibida en sus paredes a manera de constancia documental que la acreditaba como una institución que llegó a cumplir más de 150 años de brindar sus estimulantes servicios.
Armando Jiménez comenta en su obra: Lugares de Gozo, Retozo, Ahogo y Desahogo en la Ciudad de México. Cantinas, Pulperías, Hoteles de Rato, sitios de Prostitución y Cárceles. [México, D.F; Editorial Océano. 2000, 1ª.reimpresión, página 181] que la actual cantina, ocupó en sus inicios un espacio común con El Café Correo, aunque éste fue fundado hacia 1852 y ya para 1855, compartió lugar con la naciente cantina El Nivel.
En resumen, en este lugar se respiraba el antiguo humor universitario, el de los poderes civiles y religiosos, dada la cercanía de sus vecinos.
Muchas veces aparece en la historia que su fecha de fundación data del año de 1872, por haberse expedido una licencia por el Presidente de la Suprema Corte, Sebastian Lerdo de Tejada, más allá de un ámbito del ayuntamiento de la ciudad.
Indagando sobre sus orígenes, el profesor Jirafales, o sea, Rubén Aguirre Morales, hijo de don Jesús Aguirre Villegas, fallecido en 2006, contó alguna vez que el primer dueño de El Nivel fue el español don Carmen de Gallegos y la denomina así en virtud de que en ese lugar (en esa época, las calles en donde se ubica se llamaban Las Escuelas y Arzobispado) el hidrólogo de la ciudad, Enri¬co Martínez, colocó el primer nivel de la ciudad para medir las aguas de los aledaños lagos de Texcoco, Zumpango, Azcapotzalco y Tacuba. Actualmente ese monumento hipsográfico, eregido en 1872 por el ministerio de Fomento, mira al lado opuesto a un lado de la Catedral, pero ahora con vista al Monte de Piedad.
Enrico Martínez, con base en sus propias declaraciones ante el Tribunal de la Inquisición informa que tenía el cargo de cosmógrafo real, pero fungía también como astrólogo, historiador e impresor; sirvió al Santo Oficio de la Inquisición como traductor pero básicamente se le recuerda como ingeniero porque desde 1607 hasta su muerte, en 1632, se dedicó a las obras del desagüe, proyectando un tajo en Nochistongo, en parte abierto y parcialmente cubierto, notable obra de ingeniería.
En honor a su obra se le edificó el conocido actualmente como monumento hipsográfico donde se muestran diversas coordenadas geográficas, como las alturas sobre el nivel del mar y de diversos lagos del Valle de México, el metro patrón es el monumento que además indica el kilómetro cero.
El primer propietario de la celebérrima cantina, don Carmen Gallegos y Ramírezz pagó veinticinco pesos oro para tener el permiso municipal respectivo, según nos cuenta Luis Felipe de la Piedra y Matute en su obra “Te invito a... la Cantina". [México, DF: edición del autor. Primera edición, 2002, página 159].
Además, nos informa que en otro tiempo la cantina fue propiedad de dona Catalina Montejo y de Juan Martínez de Guerrero.
Posteriormente hacia 1940, la cantina pasó a manos de Pedro Tallalero y después a las del español Antonio Paradela Álvarez, y en 1958, la compró don Jesús Aguirre, de Arandas, Jalisco, quien, como todos los dueños anteriores, respeto el nombre original.
*Revista Crónicas y Leyendas Mexicanas, tomo XVI.
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